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Enfisema, el enemigo al acecho

El aire entra a nuestros pulmones cargado de oxígeno y pasa a los alveolos, pequeñas estructuras que se encargan de realizar el intercambio de este gas a la sangre, facilitando la salida del dióxido de carbono (CO2), un compuesto de eliminación de nuestro cuerpo. Cuando estas estructuras pulmonares conocidas como alveolos se inflan de manera excesiva, se destruyen sus paredes y se origina una disminución de la función respiratoria, ocasionando con el tiempo una enfermedad que denominamos Enfisema.

Para ser más claros, la estructura de los alveolos se asemeja en imagen a un panal de abejas, donde se observan bien delimitadas sus celdas. Imaginemos que las paredes de esas celdas se van rompiendo en diferentes secciones, entonces podremos observar huecos de diferentes tamaños que alteran la estructura. En el caso del pulmón, ese daño anatómico  repercute en la pobre entrada de oxígeno a la sangre y en la incapacidad del organismo para eliminar el dióxido de carbono. Ese aumento de tamaño del espacio aéreo, producido por dilatación y destrucción de las paredes alveolares y otras estructuras respiratorias,  tiene como causa  el desbalance entre dos sustancias químicas que se encuentran en el tejido pulmonar: la elastasa y la a1 antitripsina. La primera contribuye a la degradación de los alveolos; la segunda constituye, por el contrario, un factor protector de la pared del alveolo que mantiene una capacidad de distensión y una entrada de aire adecuada.

Al destruirse gradualmente el tejido pulmonar, también se perderá la superficie de intercambio de aire, por tanto, aparecerán los síntomas principales del Enfisema que son: dificultad respiratoria y fatiga. Las  personas más  afectadas por esta enfermedad son aquéllas que fuman,  ya que el 90% de los enfermos de Enfisema tienen este antecedente. Recordemos que el contacto prolongado con el humo del cigarrillo ocasiona inflamación y desbalance entre las sustancias que permiten el funcionamiento alveolar normal. Al decir “contacto con el humo”, se refiere a aquellos que de alguna manera respiran ese aire, ya sea el fumador activo o su familiar, a quien convierte en fumador pasivo. El otro 10 % de pacientes que sufren esta enfermedad encuentran su origen al vivir o trabajar en ambientes contaminados con polvo de asbesto, sílice, algodón, carbón, etc. Otros son aquéllos que sufren de infecciones frecuentes pulmonares o que tienen predisposición y herencia genética a la enfermedad.

El adulto mayor se torna particularmente susceptible a padecer enfisema debido a varios factores: el envejecimiento normal ocasiona una disminución de la capacidad pulmonar de hasta un 25%.  A esta disminución sumemos la pérdida provocada por el tabaquismo o el aire contaminado del medio ambiente. Finalmente, a esta persona adulta que fuma también se le añade daño por factores genéticos que predisponen a que el tejido se destruya más fácilmente.

Los síntomas de la enfermedad son progresivos, es decir, no aparecen de manera espontánea sino gradual; la persona va notando poco a poco la pérdida de su capacidad para sacar el aire o exhalar, tolerar ejercicio sin sentir fatiga o una mayor dificultad respiratoria. Todo inicia al sentir diariamente que no puede tomar aire y que se cansa fácilmente al realizar cualquier actividad. La persona puede tener tos crónica (con o sin expectoración) y escuchar silbidos o ruidos respiratorios cada vez más intensos. Otros síntomas comunes en esta enfermedad son: sensación de  ansiedad, pérdida de peso, fatiga constante, problemas al dormir, afecciones cardiacas y depresión. A medida que la enfermedad progresa, el paciente puede notar falta de aire en caminatas cada vez más cortas y, en fases avanzadas, su ahogo puede persistir aun sin realizar movimientos.

Para diagnosticar el Enfisema, además de un examen físico y una historia completa, el médico recurre a estudios de funcionamiento pulmonar, entre ellos:

– Espirometría: es uno de los exámenes más sencillos y comunes que nos permiten conocer como está funcionando nuestro pulmón. También nos muestra con qué eficacia recibe, mantiene y utiliza el aire; indica la severidad del daño, define si el tratamiento es el adecuado y en qué proporción beneficia al paciente.

– Radiografía de tórax: valora el daño al pulmón y corazón.

– Gasometrías: permiten conocer el intercambio de gases en sangre.

– Gamagrafía pulmonar: estudio más sofisticado para valorar ventilación y circulación de los pulmones.

El pronóstico y tratamiento serán mejores para personas con menor daño al pulmón. El grado de falta de aire y tolerancia al ejercicio iniciales son los indicadores de la agresividad y desarrollo de la enfermedad. Cuando una persona padece enfisema debe también estar al pendiente de cualquier síntoma y consultar a su médico si desarrolla mayor dificultad para respirar, cualquier aumento de tos y expectoración, fiebre o algún síntoma, ya que serían indicativos de alguna complicación.

En resumen, el factor más importante para mantener los pulmones sanos es dejar de fumar, evitar exponerse a ambientes contaminados, mantener un buen estado de salud general y realizar ejercicio diario, ya que los pacientes que sufren enfisema necesitan una energía extra para poder respirar. Si se usa esa energía de manera efectiva, le sobrarán fuerzas para llevar a cabo otras actividades; por tanto, realizar deporte mejorará su consumo de oxígeno, la capacidad de trabajo y su mentalidad para salir adelante.

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